Por Ricardo Bucio Mújica* 

En el México del siglo XX, la desigualdad, a la par de una visión homogénea (enorme contradicción) eran lo normal. Toda persona que no fuera varón, adulto, heterosexual, nacional, católico, urbano, mestizo y, claro, sin discapacidad, era parte de “los diferentes”, de las “minorías”. Miles participamos de luchas y movimientos civiles que abrieron al reconocimiento de los, entonces, mal llamados “grupos vulnerables”. Luego vinieron transformaciones profundas del marco legal, desde la propia Constitución; cambios inconexos que dieron cuenta que el reconocimiento legal no transforma realidades en automático.

Como otros grupos excluidos, las personas con discapacidad ganaron terreno lentamente. Tuvimos al primer candidato a la presidencia con discapacidad, Gilberto Rincón Gallardo y, aunque no ganó impulsó el reconocimiento de la discriminación. Vino la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, el gran aporte en materia de Derechos Humanos. Se crearon instituciones, programas sociales, infraestructura, la educación se declaró inclusiva. Pero, aún con tanto, mayoritariamente la discapacidad seguía siendo mirada desde una visión asistencial.

Paralelamente a lo que pasó en esa primera etapa del siglo XXI, personas con discapacidad y sus entornos inmediatos, siguieron tomando conciencia activa de sus derechos, y fueron sumando a otros actores muy diversos a ese proceso; en el silencio, crecía en fuerza, comprensión y propuesta su grito profundo por la igualdad. Al hacerse visible, la reacción fue calificarlo de sinsentido, como pasó con el movimiento de derechos civiles, la democracia, y posteriormente con el feminismo y la diversidad sexual.

Pareció, lo era, una disrupción del orden establecido, con tres grandes asideros que ayudaron: el marco legal les reconocía iguales derechos; las acciones hechas por décadas fueron adquiriendo identidad y pertenencia, y se fue reconociendo que la discapacidad es condición de vida, y no enfermedad o minusvalía. Que la discapacidad es parte de la vida humana y, negarla es negarnos. Estos elementos sumaron para lo que fue el cambio central: una nueva manera de reorganizar el Estado mexicano en donde quienes eran objeto de asistencia, mayorías vulneradas por la desigualdad y la discriminación, se reubicaron como actores de la cohesión social. Ayudó, claro, que la segunda candidata con discapacidad, ganó.

En 2050 caminamos con tropiezos y dificultad, pero con esperanza cierta, a ser un país que ya no ahonda sus brechas ni glorifica el poder político y el éxito económico, y que ve a la discapacidad como la oportunidad que fue motor para ubicar las fragilidades humanas, y sociales en el centro del interés nacional, y desde ahí pudo gestionar sus diferencias, y disminuir grandemente la violencia y la desigualdad. Nos reconstruimos como Estado democrático. No ubicamos que las personas son vulnerables, y reconocimos que el sistema es quién vulnerabiliza… o posibilita derechos y libertades. Redefinimos más armónicamente el lugar de quienes fueron excluidos a las periferias, (económicas, territoriales, sociales, humanas), y quienes se mimetizaban con los centros de poder. 

Ha sido larguísimo, doloroso y complejo el camino, y muchas personas quedaron a la orilla. Pero hoy es promisorio el horizonte de aceptación de nuestra diversidad y de redefinición de nuestro acuerdo nacional. Cada día más, todos y todas cabemos. Yo También.


*Ricardo es el actual Secretario Ejecutivo del Sistema Integral para la Protección de niñas, niños y adolescentes, Sipinna. Fue Presidente de Conapred. Desde 1987 colabora con organizaciones de y para personas con discapacidad. Hoy es consejero de El Arca de México.