Katia D’Artigues

Después de 30 años de dirigir Libre Acceso, A.C., Federico Fleischmann Loredo decidió cerrar un capítulo de esta organización en diciembre pasado.

Uno de los activistas más importantes en las últimas décadas por los derechos de las personas con discapacidad (pcd) y, sobre todo, por el derecho a la accesibilidad, le pasó la estafeta de la presidencia a Laura Bermejo, quien fue electa para el cargo. Él queda como fundador, mentor y presidente vitalicio.

Platicar con él fue hacer un recorrido a vuelo de pájaro sobre la evolución y retos para la inclusión en México a la par de su vida personal.
Es el relato de un país que, a finales del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, usaba el término “minusválidos”, donde no había ninguna norma o guía para la accesibilidad, ni en construcciones nuevas.

Hoy, tenemos un marco legal inclusivo -hasta una convención internacional firmada- pero siguen habiendo muchos pendientes y sobre todo, se requiere una mayor cohesión entre organizaciones dedicadas al tema para lograr objetivos en común.

El hoy: AMLO y Claudia Sheinbaum

Le pregunto cómo ve el ‘hoy’ en materia de discapacidad en México. Y aunque queda claro que han habido cambios, dice que que hay que diferenciar entre lo que se vive de manera local, en la Ciudad de México, y a nivel federal, que califica de “terrible”.
“Hace 30 años no había una rampa,  no había un baño accesible, ¡ni uno! ni un cajón de estacionamiento para pcd en todo México, incluidos Tijuana, Nuevo Laredo, Ciudad Juárez que tenían una gran influencia americana. No había nada. Algo de señalización en braille, porque los ciegos siempre fueron los más críticos”, recuerda.
“Desde que López Obrador fue jefe de gobierno (en la CDMX) siempre evadió el tema. Alguna bronca trae que evadió la convivencia, el enterarse, el involucrarse con las pcd. Inventó las becas para adultos mayores pero nunca hizo una propuesta, ni en su discurso, en pro de las pcd. La inclusión no le cabe, no le entra, no la acepta, no le entiende”.
 “En el caso de Claudia, existe una postura mucho más moderada y obviamente por ser mujer mucho más sencilla. A nosotros siempre nos irá mejor con las mujeres que con los hombres. Sin que haya una euforia por lograr la accesibilidad, hay menos indiferencia que a nivel federal”.

La polio y las 120 cicatrices

Federico (San Diego, California, 12 de enero de 1949) contrajo poliomielitis al año y tres meses de edad, en 1950, en una gran epidemia que afectó Estados Unidos y el norte de México. La vacuna aún no existía: Jonas Salk la probó en 1952 y la dio a conocer hasta 1955.

Su padre, Eduardo, maestro cervecero alemán, trabajaba en Tecate, en la Cervecería Moctezuma. Su madre, Matilde, lo conoció en Orizaba, Veracruz y tuvieron cinco hijos: Cristina, Federico, Eduardo, Rosa María e Irma. A él le pusieron ese nombre en honor a un hermano menor de su padre, Fritz, quien murió en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, todos en su familia le dicen así.

Federico desafió las perspectivas médicas: en un principio pensaron que no viviría, luego que estaría siempre en cama. Finalmente, tras muchas operaciones, acabó caminando con aparatos y muletas.

Después de una primera etapa, donde fue tratado por un tío quiropráctico que lo “curaría” en la Ciudad de México, y que hizo que viviera temporalmente con sus tíos Roberto y Maruca Pla (determinantes para su vida), acabó bajo el tratamiento médico del ortopedista Juan Farill, quien también atendió a Frida Kahlo.

“Me metió cuchillo por todas partes. Por una lana -dice bromeando- te enseño mis piernas, están llenas de cicatrices. Tengo más de 120 por todos lados. Encontraban un músculo que funcionaba, me lo pasaban de un lado a otro. A mi mamá (Farill) le quitó un tendón y me lo puso para poderme detener hacia adelante. Fue una carnicería que funcionó”.

Las operaciones duraron toda su infancia. A los 15 años, iba a tener una última que rigidizaría su pierna al inmovilizar su rodilla. Su padre lo consultó al respecto, por primera vez, y se negó. Aunque le daría más estabilidad, no podría caber en los coches pequeños de sus amigos.  “A mí me interesaban las fiestas, la parranda, y para ello tenía que ir con mis amigos”.

Sus padres siempre lo trataron en igualdad de condiciones con sus hermanos y nunca tuvo un privilegio particular. Es más, siempre subió los 19 escalones que llevaban a las recámaras porque su padre ni siquiera se planteó hacer una adaptación en casa.

Estudiar pese a la inaccesibilidad

Estudió en el Colegio Alemán, donde lo incluyeron, pero nunca hicieron una adecuación. Había salones en la planta baja, pero siempre pusieron su salón donde correspondía.

“Pude estudiar mi escuela básica gracias un hombrecito, porque era bajito, llamado Benito. Era conserje y mis padres le pagaban para subirme y bajarme”. Desde primero de primaria hasta secundaria, Benito se lo echó al hombro, como un costal de papas. Su única preocupación era llegar muy temprano, antes que los demás, y que lo bajaran cuando ya se hubieran ido.

Coqueto, no quería que las niñas vieran que lo cargaban, los amigos no importaban. Siempre tuvo buenos amigos.

En la vocacional, fue Porfirio, otro conserje, quien lo subió y bajó de su salón.

Pero las cosas se complicaron cuando, al estudiar contaduría, tenía que ir a la escuela dos veces al día porque implicaba subir y bajar dos veces. Pidió que lo pusieran en un salón de la planta baja y no aceptaron. Estaba furioso.

“Me llegó un tríptico del Tecnológico Americano de Administración. Voy y lo veo: ¡tenía una rampa de bajada para entrar, así leve, bien, y en el fondo un elevador!”. Se inscribió de inmediato.
Este instituto, que luego sería UNITEC, lo trató bien: fue la primera vez que accedieron a asignarle un salón en la planta baja. Luego tuvo un coche adaptado por su tío Roberto y el rector le cedió un lugar de estacionamiento junto al suyo.

Crecer, buscar trabajo y el encuentro con la lástima

Pero llegó otro reto: buscar su primer trabajo. Era una obligación por los horarios discontinuos de la escuela. Encontrar un lugar accesible fue casi imposible y por primera vez sintió la discriminación.

“Tengo grabada una entrevista con una señorita güerita muy modosita, con cara de hija del patrón. Leyó mi curriculum, vio que mis calificaciones eran muy buenas y me dice: ‘Oiga y, ¿sus muletas no le impedirán llevar la contabilidad?’. Textual. Nunca he sido muy tolerante con la estupidez y le contesté: ‘¿Qué hay que hacer con la contabilidad? ¿Llevarla o cargarla?’. Claro que no lo contrataron.

Optó por autoemplearse y puso una rosticería: Pollos Fritz. La vendió por presión de sus padres porque descuidaba la escuela. Luego el tío Roberto le ofreció trabajo en su empresa que hacía máquinas deshidratadoras, donde ya trabajaba su hermano Eduardo. Llevó todo el trabajo administrativo y comenzó ganando el salario mínimo. Con el tiempo el tío los hizo socios y luego les heredó el negocio a los hermanos,  a quienes consideraba como sus hijos. Gracias a ello no tuvo problemas económicos.

“Nunca sentí que alguien sintiera lástima por mí hasta que crecí. Ni siquiera en la escuela, porque era peleonero; prestaba mis muletas para que jugaran hockey con el borrador. Ya mayor la sentí, el típico que ibas con tus muletas rengueando y un niño pregunta: ‘Oye mamá, ¿qué tiene ese señor?’, ‘Nada, mijito’. Me daba la vuelta y escuchaba: ‘Es que está malito’.

“Así como me impactó mucho el no conseguir trabajo, la lástima me pareció insultante, humillante, degradante. Siempre se ejerce en sentido vertical, de arriba hacia abajo y siempre del que se siente en mejor posición. Es malévola porque satisface a algunos: ‘ya se acercó la viejita, sentí lástima, le di un peso. Qué bueno soy’.

“El choque entre la escuela y la realidad fue confrontar que al final de cuentas, ¡naranjas! no era igual. Nunca me había percatado de que era considerado diferente, pero además diferente en ‘pobrecito’. Te genera una herida, una herida que quizás  tarda mucho tiempo en sanar o nunca sanas”.

Luchar por la accesibilidad, conocer a más pcd

Ya casado y con tres hijos, harto de la falta de accesibilidad, decidió irse a vivir a San Diego donde ya vivía su hermana Cristina. El intento duró 15 días. “Me encantaba la accesibilidad, pero no la gente. Aquí me gusta la gente, ¡pues vamos a arreglar el entorno!”, pensó.

Necesitaba conocer a personas que usaran sillas de ruedas. Como siempre creció y vivió incluido con personas sin discapacidad, no tenía amigos, salvo uno con una discapacidad motriz muy leve a quién sumar.

Con trabajos, fue conociendo gente. Contactó a Judith Dupeyrón, una joven usuaria de silla de ruedas que daba de clases de gimnasia en la televisión. Estuvo en contacto con una organización llamada Camina, financiada por los dueños de una zapaterías que buscaban la cura del daño en la columna vertebral. Francisca Saavedra, quien trabajaba en Televisa. Emma Montiel, ama de casa quien había tenido un accidente y su esposo, arquitecto, adecuó toda su casa. Francisco Cisneros, Jesús Toledano.

Nace Libre Acceso

Comenzaron a reunirse una vez al mes. Establecieron reglas: siempre hubo orden del día y un acta. Durante las reuniones, no se aceptaban quejas o contar penas, sino proponer soluciones (eso ya entraría en la parte social posterior). Si alguien proponía algo, se encargaba de llevarlo a cabo con apoyo de los demás. Al principio, sólo se podía pertenecer si uno tenía una discapacidad.

El primer nombre que quisieron para la organización fue Vía Libre, pero no estaba disponible y les dieron Día Libre. Luego registraron otros. Su preferido era Acceso Libre, pero quedó Libre Acceso.

Les fue relativamente fácil sumarse con las personas ciegas. Pero había antagonismo por parte de las personas que habían adquirido discapacidad por accidentes y los que tenían discapacidad por polio.

“Como que lo nuestro (polio) era una paleta chupada, ¡bronca la de ellos! Tenían relativa razón. No es lo mismo vivir toda la vida con una discapacidad y entenderte así, que de un momento a otro perder la movilidad. Sobre todo si vas arriba de una moto: eres el Dios, y de repente ¡zas! te das. Poco a poco logramos coincidir sobre todo por las borracheras, ayudan mucho para intimar”.

En broma, algunos integrantes de Libre Acceso decían que las reuniones posteriores se llamaban Libre Al Sexo.

Perisur, Salinas y la Cámara de diputados

Por entonces se inauguró Perisur. Pese a ser un centro comercial nuevo, no había rampas salvo una en Sears que daba entrada al taller de mantenimiento de coches. Hicieron plantones frente a locales comerciales, bloqueando la entrada con sus sillas. No se quitaban hasta que tenían la promesa de que harían una rampa.

A veces los invitaban a hacer las primeras evaluaciones de accesibilidad pero a lugares donde no podían entrar.

Comenzaron a tener sus primeros aliados con los arquitectos, que les hicieron ver que había que luchar contra toda barrera física y no solo arquitectónica.

En 1992, con Carlos Salinas como presidente, se organizó el primer evento que dio visibilidad a la población con discapacidad: la primera Semana de Solidaridad con la Población Minusválida. Fue una reunión donde básicamente estaban rehabilitadores con temas de salud, Federico habló e hizo ver la falta de accesibilidad aún a instituciones de salud.

Así nació un grupo que se llamó Sin Barreras. Astutamente, en lugar de aceptar presidirlo, le pidió que aceptara el liderazgo a Genaro Borrego, político priista, entonces director del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Empezaron a unirse otras instituciones por el peso del IMSS. Poco después hicieron el primer compendio de recomendaciones de construcción para personas “minusválidas”.

Otro hito se dio tras que Nino Canún los invitó a su programa de televisión, que pasaba muy tarde en la noche por el canal 2. En un corte, tras escucharlos, Canún les dijo: 

“Oigan ¿y? Ya vinieron, ya dijeron ¿y ahora? Organícense, yo los difundo”.

De ahí salió la propuesta de convocar a todas las pcd para ir a la Cámara de Diputados.

Emma tenía un amigo diputado panista, Del Toro, quien los asesoraba. Un día fue a hablar con ellos el coordinador de la bancada del PRI, Fernando Ortiz Arana, para pedirles que no fueran a San Lázaro.

“Del Toro contestó: ‘Ni madres, vamos’ y le decía: ‘Ocúpate de que puedan entrar’. No había acceso por ningún lado.  Finalmente accedimos a que fuera en la explanada. La llenamos. No te imaginas la impresión de todos. Nos pusieron un presidium, bajó María de los Ángeles Moreno, quien era la presidenta de la Cámara. Era impresionante ver a los ciegos que volteaban a las bocinas, era su primer evento público. Los sordos en aquel tiempo argumentaban que tenían una cultura diferente y que no eran personas con discapacidad. Injustamente nosotros no incluíamos a pcd intelectual, ya no digas psicosocial”.

Ese fue el inicio del movimiento en México, considera Federico. María Angélica Luna Parra, política muy cercana a Luis Donaldo Colosio, impulsó el tema de pcd. “Ella le dijo a Colosio que nos incluyera. Cuando fue electo candidato no hubo un solo mitin en el que no hubiera pcd sentado enfrente. ¿Para que viéramos nosotros o nos vieran? Las dos, pero era una simbiosis ideal”.

De esos inicios para acá, Libre Acceso ha contribuido para evaluar y en muchos casos intervenir para hacer accesibles más de 3,000 inmuebles.

“Ahora tenemos que rejuvenecernos, porque todos los líderes ya estamos viejos, ya estamos muy oídos, ya estamos muy vistos. Nos tenemos que renovar y recobrar la fuerza que en algún momento dado tuvimos”.

“Quizás por la facilidad y la inercia nos volvimos flojos, desatendidos y cada quien regresó a sus quehaceres particulares. El problema es que Confe ve a las personas con discapacidad intelectual y en de Libre Acceso sólo se concentran en barreras físicas. La tarea diaria es la que más tiempo nos consume y no nos permite trabajar conjuntamente, que es cuando mayor presión podemos ejercer”.