Charla sin barreras: “Al movimiento LGBT+ le ha costado trabajo incorporar el tema de la discapacidad (y al revés)”

Amaranta Gómez Regalado
Activista LGBT+, indígena y con discapacidad

Por Katia D’Artigues

Amaranta Gómez Regalado nació en 1977 en Juchitán, Oaxaca: es indígena zapoteca. A los 13 años se asumió transexual, muxe. Para 2002, cuando ya era una reconocida activista por los derechos de identidad de género y lucha contra el vih, se convirtió en una persona con discapacidad al perder un brazo en un accidente de tránsito.

Antropóloga que luchó y logró que su título de la Universidad Veracruzana se expidiera bajo su nombre elegido (en honor de Amaranta Buendía, de Cien Años de Soledad, novela escrita por Gabriel García Márquez) viaja por todo el mundo vestida con sus enaguas tradicionales dando clases, impartiendo conferencias y en los últimos años, buscando puntos de contacto entre las condiciones que ella misma encarna y otros grupos sociales.

Eres una oda a la diversidad, Amaranta. 

Amaranta se ríe de buena gana antes de contestar. 

Decía Patricia Mercado cuando estábamos en México Posible (partido político que contendió en las elecciones en el 2003 y por el cual fue candidata a una diputación federal): ‘Ay, manita, es que tú sí cubres muchos frentes. Nos vamos contigo a campaña y hacemos varios’.

En campaña era: ‘¿El tema indígena?’ Se lo vengo tratando, señora. ‘¿Discapacidad?’ También se lo tratamos. ‘¿Diversidad sexual?’ Usted pida. Era un paquetito. Tenía 25 años, también incluía el tema de la juventud.

Hay un tabú con respecto al sexo, punto. Pero sexo, personas con discapacidad, placer, es más fuerte.

Lo mismo pasó con la comunidad indígena. Es miedo a reconocer la sexualidad del otro, pero, ¿quién genera ese miedo? Quien se asume la ‘norma’: ‘no es normal que los indígenas sientan y se infecten de vih’. Disculpa, pero sí erotizan, cogen, sienten y se están infectando. Ese tutelaje hay que desmontarlo.

¿Cómo fue para ti, después de toda la lucha por reivindicar tu identidad de género, tener una discapacidad? ¿Cómo fue el proceso?

Me sentí poco preparada para enfrentarlo, no estaba en mis planes. En la parte pública tenía una red que me arropó, pero la parte interna fue un proceso donde mi madre me acompañó mucho.

Ya vestía con enagua tradicional y siempre tiene listones para amarrar. Mi mamá hizo enaguas con elástico. Era más práctico, pero cuando caminaba y las pisaba, se bajaba; no me acomodé.

Hubo un ejercicio de transformación del cuerpo para usarlo y sustituir el brazo o la fuerza que implicaba. Desde vestirme hasta bañarme o escribir en la computadora. Ahora parezco como pollito que está comiendo. Tecleo muy rápido porque tengo miedo de que las ideas se vayan. En chinga y con una mano.

Antes del accidente yo no sabía manejar. La esposa de un amigo senador me llevaba mucho a Oaxaca a capacitarme en su auto y fui muy observadora. Cuando tuve el accidente, al año me indemnizaron y me compré un Platina automático. El día que me lo entregaron aprendí a manejar. Estuve como una hora con el chico que me lo vendió y le dije: ‘Dime donde están todos los botones’. ‘¿Sabe manejar?’ ‘Sí’ (dice riendo). Terminé manejando hasta Puebla, toda la costa oaxaqueña, Chiapas. Me encanta manejar, aprendí a manejar con una mano. 

Una discapacidad se va reconfigurando, los sentimientos también.

Tal vez con una discapacidad, el ritmo y los tiempos sean distintos. A veces digo: ‘qué bueno que también ocurrió’. Eso no quiere decir que todo ha sido ideal o positivo. Me permite parar y decir cuánto valor hay de lo que tengo y puedo ofrecer para la gente que está a mi lado y para mi propia lucha.

Diversidad sexual, indígenas y discapacidad son colectivos que tú encarnas, pero con los que nos cuesta mucho trabajo tener líneas de comunicación. ¿Deberíamos hacer más cosas en común?

Cuando empezamos, en los 80, en la profesionalización del activismo, profundizamos temas, terrenos, reflexionamos temas que no estaban, pero, ¿sabes a dónde también nos llevó? A una idea ‘parcelaria’ del asunto: a la percepción de que cada quien lucha por su agenda.

Uno de los grandes retos es acercarnos. Así. Perder ese miedo para comunicarse con el otro o la otra. Ningún movimiento por sí solo va a ganar una lucha, pero de lo que sí debemos ser capaces es que la lucha del otro nos duela y tengamos una dimensión de lo que ellos están haciendo.

En la discapacidad y el movimiento LGBT+ hay un problema de ‘tutelajes’: uno mira al otro con un nivel de ‘pobrecito que hay que cuidar’ y no permitimos reconocer toda la gama que tiene. También hay un ‘tutelaje familiar’.

Admiro el tema del orgullo en la comunidad LGBT+ que no veo salvo en ciertos grupos acá (discapacidad auditiva y psicosocial). También tenemos que ‘salir del closet’ de la discapacidad.

Es doblemente complejo. Cuando sufrí el accidente, ya había sido difícil crear una relación afectiva con un chico y venía construyendo una. Lo primero que pensé fue en la estética: ‘No le voy a gustar a Daniel’. Es un estereotipo que te condiciona, que uno se lo traga cabrón en términos del chip cultural de que tienes que tener el aval del otro para reconocerte. 

Cuando él me ve, ya con el vendaje, el muñón, me dijo: ‘¿Sabes qué Amaranta, te quiero llevar a un motel porque aquí en tu casa no se puede, tu mamá está’. Ella no quería que ni saliera porque estaba convaleciente, ¡se supone! El pretexto fue ir a comprar un huipil nuevo para estrenar, para salir. Pasa por mí, me lleva al motel y fue toda una experiencia. Me dijo: ‘Amaranta no es un brazo, es mucho más que un brazo’.

Después dije: efectivamente. Pero sí hay esta idea sistemática del ‘yo pobrecito’ arraigado en los grupos a los que siempre se les ha colocado en la periferia y el trato de ‘hay que ayudarles’. Por eso parece tan extraordinario cuando las historias rebasan esa expectativa.

Incluso al movimiento LGBT+ mismo, y esta es una autocrítica, le ha costado mucho trabajo incorporar el tema de la discapacidad.

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