Por Rita Romanowsky* 

Si tratamos de proyectar las necesidades del aula hacia el 2050, necesariamente tendremos que tomar en cuenta los retos actuales. La escuela y aula inclusiva son conceptos en boga en la sociedad de hoy. Sin embargo, ¿es una realidad? ¿Estamos atendiendo a la diversidad?

No. Numerosas familias no están satisfechas con la educación que reciben sus hijos, especialmente si tienen una discapacidad. Las estadísticas demuestran que el porcentaje de niños con discapacidad que asisten a la escuela dista de ser satisfactorio, no gozan del derecho humano a la educación.

Las escuelas presentan una serie de barreras en cuanto a su aceptación, desarrollo de habilidades cognitivas, emocionales e, incluso, la socialización necesaria para incluir a alumnos con discapacidad plenamente. ¿Qué hacer para cambiarlo? ¿Cómo debe ser el aula ideal desde el punto de vista de los niños y niñas que estudian? 

Este es el sueño por el que trabajamos:

El aula deberá operar sin etiquetas. No tendrá ninguna importancia la condición que presente algún niño. No existen las barreras de tipo arquitectónico ni actitudinales, por ende los niños se mueven libremente, fluyen las relaciones y hacemos conscientes nuestros prejuicios. Diseñamos actividades para la sana convivencia entre niños y adultos. Esto desde la primera infancia.

El aula del 2050 desarrolla a cada niño sin importar su condición (sobre todo discapacidad) de acuerdo a sus competencias y los proyecta para saber hacer de acuerdo a su perfil. Bajo ésta óptica se volverán parte de la población económicamente activa como adultos. Desaparecen los estándares cuantitativos para convertirse en cualitativos. Se desarrollan planeaciones centradas en los niños (trajes a la medida) y no en lo deseable para los adultos. 

Los objetivos de la enseñanza no están separados de la vida y los niños encuentran una motivación constante para su desarrollo. Se determina el rumbo de su vida de acuerdo a sus deseos y fortalezas proyectándolos a futuro.

Se forman seres humanos íntegros, es decir, capaces de visualizar las necesidades del otro y empatizando con ellos.  Así serán adultos capaces de convivir y vivir en comunidad. La convivencia con las diferencias es parte de la rutina diaria sin ser señaladas. 

Se utiliza la tecnología como un medio de desarrollo y conexión con las personas, conocimiento  y lugares remotos. Es así como se toma una conciencia y responsabilidad del otro para construir ciudadanos globales. Se acortan las distancias. La presencia, participación y logros son eje central del aula del 2050.

Para lograr lo antes mencionado, es indispensable repensar el rol del maestro para convertirlo en un mediador.  Esta es una persona formada en un sentido integral. Deberá pensar en el niño como un todo y hacer consciente las dimensiones  que deberá atender y abordarlas como parte de un perfil holístico (incluso para sí mismo). Estas son: física, mental, emocional, personal, social. Todas están unidas en una dimensión espiritual.

Dibujo de una flor con el título Perfil Holístico. Tiene 5 pétalos, en cada uno tiene una palabra escrita, mental, emocional, social, personal y física, y en el botón de la flor la palabra Espiritual

El aula del 2050 logrará responsabilizar a toda la comunidad educativa sobre su país, la sociedad y el mundo en donde vivimos asumiéndolo como un todo…



*Rita Romanowsky es experta en inclusión. Autora del “Manual Para Inclusión De Niños Con Discapacidad” de Editorial Trillas